El exceso de luz en la planificación de la seguridad (o cómo pretender prevenir el delito con medidas poco eficaces y nada ecológicas). Una reflexión personal.

Si te gusta la noche tanto como a mí entenderás que quiera que la noche siga siendo noche y el día día. Si convertimos la noche en día, ya no vale, pierde todo su encanto.  Si a las preferencias diurnas o nocturnas de cada uno,  le sumas que llenar la noche de luz es un grave problema ambiental, económico y social, deberíamos ser responsables y pensarlo muy bien antes de implantar soluciones mágicas que pasen por “poner más luz” como respuesta a todo (falta de ventas, evitar conductas indeseadas, prevenir el delito…)

En el ámbito de la seguridad eso es lo que ocurre. Aumentar el número de puntos de luz o la intensidad del alumbrado se ofrece como solución a los problemas de inseguridad ciudadana. Y en uno de los ámbitos en los que trabajo, la planificación de la seguridad con perspectiva de género, ya es una constante. La mayoría de marchas exploratorias para identificar puntos peligrosos en las ciudades, acaban con la conclusión de que es necesaria más y más luz para proteger a las mujeres. La cuestión es si realmente esa es una medida efectiva o estamos creando una falsa sensación de seguridad que no evita realmente el delito. Al contrario, hace que bajemos la guardia y seamos más vulnerables a ser víctimas.

El año pasado tuve la oportunidad de hablar en dos ocasiones sobre este tema. La primera vez en Hoyo del Manzanares en las III Jornadas sobre contaminación lumínica en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y la segunda vez en A Coruña, invitada por la Agrupación astronómica Ío, con el apoyo del Ayuntamiento, en el Planetario de la Casa de las Ciencias.

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En ambas ponencias expliqué la relación que en seguridad tenemos con la luz, imprescindible por ejemplo cuando trabajamos en grandes eventos que en su mayor parte transcurren en horario nocturno: la señalética luminosa obligatoria – ante la que nada cabe objetar- la señalética luminosa puesta por seguridad no obligatoria  – que reconozco que a veces es una gran aliada para evitar problemas y accidentes-  pero también la propia iluminación del recinto o espacio donde transcurre la actividad – ahí sí deberíamos revisar su necesidad y cuando sea necesaria si esa luz está bien proyectada o es la más adecuada conforme a criterios ambientales- y lamentablemente a veces la propia contaminación lumínica derivada del propio espectáculo que a falta de sensibilidad ambiental, hemos de advertir al responsable del evento que puede dar lugar a elevadas sanciones. Ello no obsta a que se hagan espectáculos puntuales formidables donde la luz sea la protagonista (siempre que no apunte hacia el cielo, por favor).

No entraré aquí en términos y teorías criminológicas – para eso están las ponencias y los artículos- pero puedo estar de acuerdo en que la luz crea comunidad y eso puede ser eficaz para prevenir el delito. Si queremos que una plaza a la que nadie va porque está oscura y solitaria y da miedo pasar por allí se llene de vida, podemos hacer más actividades en ella (el mercadillo, un concierto, espectáculos diversos). Pero eso no tiene porqué significar que desde entonces y para siempre se ponga un alumbrado en número e intensidad insostenible y sin ningún criterio en cuanto a su idoneidad y que ese alumbrado deba estar encendido toda la noche todos los días del año.

La luz además puede indicar el uso deseable o no de un espacio. Y si llenamos la plaza de luz en horario nocturno podemos estar atrayendo unos problemas cívicos que antes no existían porque estamos indicando que es bienvenido el uso de esa plaza de noche.

El exceso de luz hace que a veces simplemente el crimen se traslade o que incluso favorezcamos determinadas conductas. Tenemos el ejemplo del botellón en un aparcamiento oscuro que se intentó combatir iluminando la zona. El resultado fue que se multiplicaron los asistentes al botellón y los problemas vecinales.

Si en un municipio hay trabajadores que acaban su jornada de trabajo de noche y tienen un largo trecho hasta sus casas por las que han de atravesar campos, bosques, carreteras o caminos solitarios,  la solución a sus problemas de seguridad no pasa por alumbrar los campos durante todas las horas y todas las noches del año, sino probablemente por facilitarles un transporte colectivo que les acerque a sus casas.  Hagan números.  Y más allá de los números, seamos realistas: si son víctimas no será por la falta de luz, más bien por cruzar solos un campo.

Si una agresión sexual ha ocurrido porque una trabajadora no ha encontrado aparcamiento en el párking de la empresa y se ha tenido que ir a aparcar a un camino  solitario y alejado, la solución no pasa por iluminar más el párking de la empresa o poner cámaras, sino por ampliarlo y evitar que ningún trabajador tenga que aparcar lejos (caso real).

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En la ponencia de A Coruña expuse los últimos casos de homicidios, asesinatos y agresiones sexuales que más nos han golpeado en los últimos años. He revisado sentencias y noticias de prensa. No se puede concluir de los datos que dan que la oscuridad sea el motivo de ninguno de esos delitos por más que pasaran de noche alguno de ellos (no todos) hay violaciones y asesinatos de día y de noche, y los que ocurren de noche han sucedido muchas veces en calles perfectamente iluminadas, en viviendas, en portales… No es la noche, no es la oscuridad, el problema de el horario nocturno – además de otros factores-  es más bien la vulnerabilidad que te crea la soledad.

Si camino sola de noche por una gran ciudad como Madrid o Barcelona y no hay nadie por la calle, no es precisamente la falta de luz lo que me asusta, sino que me ataquen y por más que grite nadie me ayude a tiempo. ¿Poner más farolas evitaría el delito?  Entonces en esas grandes ciudades sobreiluminadas no existiría el crimen.

La luz se ha de poner allí donde sea imprescindible, de eso no cabe duda, pero bien proyectada y en la intensidad mínima necesaria. Comparto siempre las buenas prácticas que voy conociendo al respecto: mejor un trayecto a casa en transporte público seguro, un servicio de acompañamiento en fiestas, postes-interfonos que te ponen en contacto con el servicio de vigilancia o con la policía en caso de necesitarles…

 

Me avanzo a los que creen que con todo esto se pone el acento en la autoprotección más que en evitar que el agresor agreda. Pero es que esa es otra lucha, y de momento vivimos en un mundo imperfecto en el que el crimen va a existir siempre y debemos autoprotegernos. Jamás será culpa de la víctima lo que le pueda pasar. Pero igual que cerramos la puerta de casa con llave al salir para evitar el delito, hemos de cuidarnos.  Así que debemos exigir que las medidas que se implanten para prevenir el delito sean eficaces, no un placebo en busca de votos para hacernos callar.

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